martes, 7 de febrero de 2012

"El ilustrado mundo occidental"

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Discurso de una Madre Israelí en el Parlamento Europeo


Nurit Peled-Elhanan es una activista por la paz israelí y una de las fundadoras del Círculo de Padres - Foro de Familias (the Parents Circle - Families Forum). Tras la muerte de su hija Smadar Elhanan, que tenía 13 años cuando fue asesinada por un terrorista suicida en Jerusalén en septiembre de 1997, ella comenzó a realizar una crítica abierta y directa de la ocupación israelí en los territorios palestinos.
Peled-Elhanan está casada con Rami Elhanan, cofundador del Círculo de Padres - Foro de Familias (the Parents Circle - Families Forum).
Elhanan ha sido distinguida en 2001 con el premio Sakharov por los Derechos Humanos y la Libertad de Expresión, concedido por el Parlamento Europeo.
A continuación, encontraréis el discurso de Nurit en la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo el 8 de
marzo de 2005, Día Internacional de la Mujer. 

Gracias por invitarme a este acto en el día de hoy. Es siempre un honor y un placer estar aquí, entre todos ustedes (Parlamento Europeo).

Sin embargo, debo decir que deberían haber invitado a una palestina en mi lugar, porque las mujeres que más sufren la violencia en mi país son las palestinas. Me gustaría dedicar mi discurso a Miriam R’aban y su marido Kamal, de Bet Lahiya en la Franja de Gaza, cuyos cinco hijos fueron asesinados a manos de soldados israelíes mientras cogían fresas en el campo de la familia. Nadie se sentará en el banquillo por este asesinato.

Cuando pregunté a las personas que me invitaron aquí por qué no habían invitado a una mujer palestina, la respuesta fue que eso haría que el debate fuera demasiado localizado.

No sé lo que es violencia no localizada. El racismo y la discriminación pueden ser conceptos teóricos y fenómenos universales pero su impacto es siempre local, y real. El dolor es local, la humillación, los abusos sexuales, la tortura y la muerte son todos muy locales, al igual que las cicatrices.

Desafortunadamente, es cierto que la violencia local infligida a las mujeres palestinas por parte del gobierno y el ejército de Israel se ha expandido por todo el mundo. De hecho, la violencia de estado y la violencia del ejército, la individual y la colectiva, son el destino de las mujeres musulmanas hoy en día, no sólo en Palestina, sino allá donde el ilustrado mundo occidental dirija su paso imperialista. Es una violencia que rara vez se suele abordar y que la gente en Europa y EE.UU. consiente sin más.

Esto se debe a que el llamado mundo libre tiene miedo del útero musulmán.

La Gran Francia de “liberté, égalité et fraternité” tiene miedo de las jóvenes con pañuelo. El Gran Israel Judío tiene miedo del vientre musulmán, al que sus ministros denominan amenaza demográfica.

El Todopoderoso Estados Unidos y Gran Bretaña están infectando a sus ciudadanos con un miedo ciego a los musulmanes, a los que describen como viles, primitivos y sedientos de sangre, además de ser antidemócratas, machistas y productores a gran escala de futuros terroristas. Todo esto a pesar de que quienes están destruyendo el mundo a día de hoy no son musulmanes. Uno de ellos es un cristiano devoto, uno es anglicano y el otro es un judío nada piadoso.

Nunca he experimentado el sufrimiento por el que pasan las palestinas cada día, cada hora, desconozco el tipo de violencia que convierte la vida de una mujer en un infierno constante. Esta tortura física y mental diaria de las mujeres a las que se priva de sus derechos humanos básicos y de su necesidad de privacidad y de dignidad, mujeres que sufren el asedio a sus hogares en cualquier momento del día o de la noche, que son obligadas a punta de fusil a desnudarse delante de extraños y de sus propios hijos, cuyas casas son demolidas, que son privadas de su sustento y de todo tipo de vida familiar normal. Esto no forma parte de mi experiencia.

Pero soy víctima de violencia contra las mujeres por el hecho de que la violencia contra los niños es realmente violencia contra las madres. Las mujeres palestinas, iraquíes y afganas son mis hermanas porque todas estamos en manos de los mismos criminales sin escrúpulos, que se hacen llamar líderes del mundo libre e ilustrado y que en nombre de esta libertad e ilustración nos roban a nuestros hijos.

Asimismo, las madres israelíes, estadounidenses, italianas y británicas han estado, en su gran mayoría, cegadas y les han lavado el cerebro hasta tal punto que no pueden ver que sus únicas hermanas, sus únicas aliadas en el mundo son las madres musulmanas palestinas, iraquíes o afganas, cuyos hijos han sido asesinados por los nuestros o que se inmolan con nuestros hijos e hijas. Todas tienen el cerebro infectado por los mismos virus engendrados por los políticos. Y los virus, aunque puedan tener diversos nombres ilustres como Democracia, Patriotismo, Dios, Patria, son todos iguales. Son parte de ideologías falsas que pretenden enriquecer al rico y dar poder al poderoso.

Todas somos víctimas de la violencia mental, psicológica y cultural que nos convierte en un grupo homogéneo de madres de luto o que podrían acabar de luto. A las madres occidentales se les ha enseñado a creer que su útero es un activo nacional, del mismo modo que se les ha enseñado a creer que los úteros musulmanes son una amenaza internacional. Se les educa para que aprendan a no gritar: «Yo le traje al mundo, yo le di de mamar, es mío y no dejaré que su vida sea más barata que el petróleo, ni que su futuro valga menos que un trozo de tierra.»

Todas estamos aterrorizadas por la educación que infecta las mentes para que creamos que lo único que podemos hacer es rezar porque nuestros hijos vuelvan a casa o estar orgullosas de sus cuerpos sin vida.

Todas nosotras fuimos educadas para aguantar todo esto en silencio, para contener nuestro miedo y frustración, para tomar Prozac contra la ansiedad, pero nunca para aclamar a Madre Coraje en público. Para no ser nunca madres judías, italianas o irlandesas de verdad.

Soy víctima de la violencia de estado. Mis derechos naturales y civiles como madre han sido violados porque tengo que temer el día en que mi hijo cumpla los 18 años y se lo lleven para servir de herramienta de juego de criminales como Sharon, Bush, Blair y su clan de generales sedientos de sangre, sedientos de petróleo y sedientos de tierra.

Viviendo en el mundo en el que vivo, en el estado en el que vivo, en el régimen en el que vivo, no me atrevo a ofrecer a las mujeres musulmanas ideas para que cambien sus vidas. No quiero que se quiten sus pañuelos o que eduquen a sus hijos de forma distinta, y no les alentaré a que constituyan Democracias a imagen de las occidentales, que las desprecian a ellas y a los suyos. Tan sólo quiero pedirles humildemente que sean mis hermanas, expresarles mi admiración por su perseverancia y por su valor para seguir adelante, por tener hijos y mantener una vida familiar con dignidad a pesar de las condiciones imposibles que mi mundo les impone. Quiero decirles que todas estamos unidas por el mismo dolor, todas somos víctimas de la misma clase de violencia aunque ellas la sufran mucho más, por ser maltratadas por mi gobierno y su ejército, con el patrocinio de mis impuestos.

El islam en sí mismo, como el judaísmo y el cristianismo, no es una amenaza para mí ni para nadie. El imperialismo estadounidense sí lo es, la indiferencia y la cooperación europeas sí lo son, y el racismo israelí y su cruel régimen de ocupación lo son. El racismo, la propaganda en la educación y la xenofobia inculcada convencen a los soldados israelíes para que ordenen a una palestina a punta de fusil que se desnude delante de sus hijos por motivos de seguridad. La más profunda falta de respeto por el otro es lo que permite a los soldados estadounidenses violar a las mujeres iraquíes, dar permiso a los carceleros israelíes para mantener a mujeres jóvenes en condiciones inhumanas, sin las condiciones higiénicas básicas, sin electricidad en invierno, sin agua limpia ni colchones limpios y separar a las madres de sus bebés y de los hijos a los que todavía están amamantando. Obstaculizar su camino al hospital, bloquear su paso a la educación, confiscar sus tierras, arrancar sus árboles e impedir que cultiven sus campos.

No puedo entender por completo a las mujeres palestinas ni su sufrimiento. No sé cómo sobreviviría a tal humillación, a tal falta de respeto de todo el mundo. Lo único que sé es que la voz de las madres ha sido acallada durante demasiado tiempo en este planeta asolado por las guerras. El grito de las mujeres no se escucha porque no son invitadas a foros internacionales como éste. Esto es lo que sé y es muy poco. Pero para mí es suficiente para recordar que estas mujeres son mis hermanas, y que se merecen que grite y que luche por ellas. Y cuando pierden a sus hijos en campos de fresas o en calles mugrientas en los controles de seguridad, cuando sus hijos son disparados de camino al colegio por niños israelíes que fueron educados para creer que el amor y la compasión dependen de la raza y la religión, lo único que puedo hacer es ponerme de su lado y del lado de sus bebés traicionados, y preguntar lo que preguntó Anna Akhmatova, otra madre que vivió en un régimen de violencia contra mujeres y niños:

¿Por qué este hilillo de sangre desgarra el pétalo de tu mejilla?
 
Dr. Nurit Peled-Elhanan
Traducción de Beatriz Abril Alegre
Viernes 6 de agosto de 2010



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